lunes, 30 de agosto de 2010

Esquemas del psicoanálisis - 1938 - Sigmund Freud

El aparato psíquico
El psicoanálisis establece una premisa fundamental cuyo examen queda reservado al pensar filosófico y cuya
justificación reside en sus resultados. De lo que llamamos nuestra psique (vida anímica), nos son consabidos dos
términos: en primer lugar, el órgano corporal y escenario de ella' el encéfalo (sistema nervioso) y, por otra parte,
nuestros actos de conciencia, que son dados inmediatamente y que ninguna descripción nos podría rasmitir. No nos
es consabido, en cambio, lo que haya en medio; no nos es dada una referencia directa entre ambos puntosterminales
de nuestro saber. Si ella existiera, a lo sumo brindaría una localización precisa de los procesos de conciencia, sin
contribuir en nada a su inteligencia.
Nuestros dos supuestos se articulan con estos dos cabos o comienzos de nuestro saber. El primer supuesto atañe a la
localización(168). Suponemos que la vida anímica es la función de un aparato al que atribuimos ser extenso en el
espacio y estar compuesto por varias piezas; nos lo representamos, pues, semejante a un telescopio, un microscopio,
o algo así. Si dejamos de lado cierta aproximación ya ensayada, el despliegue consecuente de esa representación es
una novedad científica.
Hemos llegado a tomar noticia de este aparato psíquico por el estudio del desarrollo individual del ser humano.
Llamamos ello a la más antigua de estas provincias o instancias psíquicas: su contenido es todo lo heredado, lo que
se trae con el nacimiento, lo establecido constitucionalmente; en especial, entonces, las pulsiones que provienen de la
organización corporal, que aquí [en el ello] encuentran una primera expresión psíquica, cuyas formas son
desconocidas {no consabidas} para nosotros (ver nota(169)).
Bajo el influjo del mundo exterior real-objetivo que nos circunda, una parte del ello ha experimentado un desarrollo
particular; originaría m en te un estrato cortical dotado de los órganos para la recepción de estímulos y de los
dispositivos para la protección frente a estos, se ha establecido una organización particular que en lo sucesivo media
entre el ello y el mundo exterior. A este distrito de nuestra vida anímica le damos el nombre de yo.
Los caracteres principales del yo. A consecuencia del vínculo preformado entre percepción sensorial y acción
muscular, el yo dispone respecto de los movimientos voluntarios. Tiene la tarea de la autoconservación, y la cumple
tomando hacia afuera noticia de los estímulos, almacenando experiencias sobre ellos (en la memoria), evitando
estímulos hiperintensos (mediante la huida), enfrentando estímulos moderados (mediante la adaptación) y, por fin,
aprendiendo a alterar el mundo exterior de una manera acorde a fines para su ventaja (actividad); y hacia adentro,
hacia el ello, ganando imperio sobre las exigencias pulsionales, decidiendo si debe consentírseles la satisfacción,
desplazando esta última a los tiempos y circunstancias favorables en el mundo exterior, o sofocando totalmente sus
excitaciones. En su actividad es guiado por las noticias de las tensiones de estímulo presentes o registradas dentro de
él: su elevación es sentida en general como un displacer, y su rebajamiento, como placer.
No obstante, es probable que lo sentido como placer y displacer no sean las alturas absolutas de esta tensión de
estímulo, sino algo en el ritmo de su alteración. El yo aspira al placer, quiere evitar el displacer. Un acrecentamiento
esperado, previsto, de displacer es respondido con la señal de angustia; y su ocasión, amenace ella desde afuera o
desde adentro, se llama peligro. De tiempo en tiempo, el yo desata su conexión con el mundo exterior y se retira al
estado del dormir, en el cual altera considerablemente su organización. Y del estado del dormir cabe inferir que esa
organización consiste en una particular distribución de la energía anímica. Como precipitado del largo período de
infancia durante el cual el ser humano en crecimiento vive en dependencia de sus padres, se forma dentro del yo una
particular instancia en la que se prolonga el influjo de estos. Ha recibido el nombre de superyó. En la medida en que
este superyó se separa del yo o se contrapone a él, es un tercer poder que el yo se ve precisado a tomar en cuenta.
Así las cosas, una acción del yo es correcta cuando cumple al mismo tiempo los requerimientos del ello, del superyó y
de la realidad objetiva, vale decir, cuando sabe reconciliar entre sí sus exigencias. Los detalles del vínculo entre yo y
superyó se vuelven por completo inteligibles reconduciéndolos a la relación del niño con sus progenitores.
Naturalmente, en el influjo de los progenitores no sólo es eficiente la índole personal de estos, sino también el influjo,
por ellos propagado, de la tradición de la familia, la raza y el pueblo, así como los requerimientos del medio social
respectivo, que ellos subrogan. De igual modo, en el curso del desarrollo individual el superyó recoge aportes de
posteriores continuadores y personas sustitutivas de los progenitores, como pedagogos, arquetipos públicos, ideales
venerados en la sociedad. Se ve que ello y superyó, a pesar de su diversidad fundamental, muestran una coincidencia
en cuanto representan {repräsentieren} los influjos del pasado: el ello, los del pasado heredado; el superyó, en lo
esencial, los del pasado asumido por otros. En tanto, el yo está comandado principalmente por lo que uno mismo ha
vivenciado, vale decir, lo accidental y actual.
Este esquema general del aparato psíquico habrá de considerarse válido también para los animales superiores,
semejantes al hombre en lo anímico. Cabe suponer un superyó siempre que exista un período prolongado de
dependencia infantil, como en el ser humano. Y es inevitable suponer una separación de yo y ello. La psicología
animal no ha abordado todavía la interesante tarea que esto le plantea.
Doctrina de las pulsiones
El poder del ello expresa el genuino propósito vital del individuo. Consiste en satisfacer sus necesidades congénitas.
Un propósito de mantenerse con vida y protegerse de peligros mediante la angustia no se puede atribuir al ello. Esa es
la tarea del yo, quien también tiene que hallar la manera más favorable y menos peligrosa de satisfacción con
miramiento por el mundo exterior. Aunque el superyó pueda imponer necesidades nuevas, su principal operación
sigue siendo limitar las satisfacciones.
Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello. Representan
{repräsentieren} los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica. Aunque causa última de toda actividad, son
de naturaleza conservadora; de todo estado alcanzado por un ser brota un afán por reproducir ese estado tan pronto
se lo abandonó. Se puede, pues, distinguir un número indeterminado de pulsiones, y así se acostumbra hacer. Para
nosotros es sustantiva la posibilidad de que todas esas múltiples pulsiones se puedan reconducir a unas pocas
pulsiones básicas. Hemos averiguado que las pulsiones pueden alterar su meta (por desplazamiento); también, que
pueden sustituirse unas a otras al traspasar la energía de una pulsión sobre otra. Tras larga vacilación y oscilación,
nos hemos resuelto a aceptar sólo dos pulsiones básicas: Eros y pulsión de destrucción. (La oposición entre pulsión
de conservación de sí mismo y de conservación de la especie, así como la otra entre amor yoico y amor de objeto, se
sitúan en el interior del Eros.) La meta de la primera es producir unidades cada vez más grandes y, así, conservarlas,
o sea, una ligazón {Bindung}; la meta de la otra es, al contrario, disolver nexos y, así, destruir las cosas del mundo.
Respecto de la pulsión de destrucción, podemos pensar que aparece como su meta última trasportar lo vivo al estado
inorgánico; por eso también la llamamos pulsión de muerte. Si suponemos que lo vivo advino más tarde que lo inerte y
se generó desde esto, la pulsión de muerte responde a la fórmula consignada, a saber, que una pulsión aspira al
regreso a un estado anterior.
En cambio, no podemos aplicar a Eros (o pulsión de amor) esa fórmula. Ello presupondría que la sustancia viva fue
otrora una unidad luego desgarrada y que ahora aspira a su reunificación (ver nota(170)). En las funciones biológicas,
las dos pulsiones básicas producen efectos una contra la otra o se combinan entre sí. Así, el acto de comer es una
destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión
más íntima. Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las
manifestaciones de la vida. Y más allá del reino de lo vivo, la analogía de nuestras dos pulsiones básicas lleva a la
pareja de contrarios atracción y repulsión, que gobierna en lo inorgánico (ver
nota(171))
.
Alteraciones en la proporción de mezcla de las pulsiones tienen las más palpables consecuencias. Un fuerte
suplemento de agresión sexual hace del amante un asesino con estupro; un intenso rebajamiento del factor agresivo
lo vuelve timorato o impotente. Ni hablar de que se pueda circunscribir una u otra de las pulsiones básicas a una de
las provincias anímicas. Se las tiene que topar por, doquier. Nos representamos un estado inicial de la siguiente
manera: la íntegra energía disponible de Eros, que desde ahora llamaremos libido, está presente en el yo-ello todavía
indiferenciado [cf. AE, 23, pág. 148n.] y sirve para neutralizar las inclinaciones de destrucción simultáneamente
presentes. (Carecemos de un término análogo a «libido» para la energía de la pulsión de destrucción.) En posteriores
estados nos resulta relativamente fácil perseguir los destinos de la libido; ello es más difícil respecto de la pulsión de
destrucción.
Mientras esta última produce efectos en lo interior como pulsión de muerte, permanece muda; sólo comparece ante
nosotros cuando es vuelta hacia afuera como pulsión de destrucción. Que esto acontezca parece una necesidad
objetiva para la conservación del individuo. El sistema muscular sirve a esta derivación. Con la instalación del superyó,
montos considerables de la pulsión de agresión son fijados en el interior del yo y allí ejercen efectos autodestructivos.
Es uno de los peligros para su salud que el ser humano toma sobre sí en su camino de desarrollo cultural. Retener la
agresión es en general insano, produce un efecto patógeno (mortificación) {Kränkung(172)}. El tránsito de una
agresión impedida hacia una destrucción de sí mismo por vuelta de la agresión hacia la persona propia suele ilustrarlo
una persona en el ataque de furia, cuando se mesa los cabellos y se golpea el rostro con los puños, en todo lo cual es
evidente que ella habría preferido infligir a otro ese tratamiento. Una parte de destrucción de sí permanece en lo
interior, sean cuales fueren las circunstancias, hasta que al fin consigue matar al individuo, quizá sólo cuando la libido
de este se ha consumido o fijado de una manera desventajosa. Así, se puede conjeturar, en general, que el individuo
muere a raíz de sus conflictos internos; la especie, en cambio, se extingue por su infructuosa lucha contra el mundo
exterior, cuando este último ha cambiado de una manera tal que no son suficientes las adaptaciones adquiridas por
aquella. Es difícil enunciar algo sobre el comportamiento de la libido dentro del ello y dentro del superyó. Todo cuanto
sabemos acerca de esto se refiere al yo, en el cual se almacena inicialmente todo el monto disponible de libido.
Llamamos narcisismo primario absoluto a ese estado. Dura hasta que el yo empieza a investir con libido las
representaciones de objetos, a trasponer libido narcisista en libido de objeto. Durante toda la vida, el yo sigue siendo
el gran reservorio desde el cual investiduras libidinales son enviadas a los objetos y al interior del cual se las vuelve a
retirar, tal como un cuerpo protoplasmático procede con sus seudópodos (ver nota(173)). Sólo en el estado de un
enamoramiento total se trasfiere sobre el objeto el monto principal de la libido, el objeto se pone {setzen sich} en cierta
medida en el lugar del yo. Un carácter de importancia vital es la movilidad de la libido, la presteza con que ella
traspasa de un objeto a otro objeto. En oposición a esto se sitúa la fijación de la libido en determinados objetos, que a
menudo dura la vida entera.
Es innegable que la libido tiene fuentes somáticas, y afluye al yo desde diversos órganos y partes del cuerpo. Esto se
ve de la manera más nítida en aquel sector de la libido que de acuerdo con su meta pulsional, se designa «excitación
sexual». Entre los lugares del cuerpo de los que parte esa libido, los más destacados se señalan con el nombre de
zonas erógenas, pero en verdad el cuerpo íntegro es una zona erógena tal. Lo mejor que sabemos sobre Eros, o sea
sobre su exponente, la libido, se adquirió por el estudio de la función sexual, la cual en la concepción corriente -
aunque no en nuestra teoría- se superpone con Eros. Pudimos formarnos una imagen del modo en que la aspiración
sexual, que está destinada a influir de manera decisiva sobre nuestra vida, se desarrolla poco a poco desde las
alternantes contribuciones de varias pulsiones parciales, subrogantes de determinadas zonas erógenas.
El desarrollo de la función sexual
Según la concepción corriente, la vida sexual humana consistiría, en lo esencial, en el afán de poner en contacto los
genitales propios con los de una persona del otro sexo. Besar, mirar y tocar ese cuerpo ajeno aparecen ahí como unos
fenómenos concomitantes y unas acciones introductorias. Ese afán emergería con la pubertad -vale decir, a la edad
de la madurez genésica- al servicio de la reproducción. No obstante, siempre fueron notorios ciertos hechos que no
calzaban en el marco estrecho de esta concepción: 1) Curiosamente, hay personas para quienes sólo individuos del
propio sexo y sus genitales poseen atracción. 2) Es también curioso que ciertas personas, cuyas apetencias se
comportan en un todo como si fueran sexuales, prescinden por completo de las partes genésicas o de su empleo
normal; a tales seres humanos se los llama «perversos». 3) Es llamativo, para concluir, que muchos niños,
considerados por esta razón degenerados, muestren muy tempranamente un interés por sus genitales y por los signos
de excitación de estos.
Bien se comprende que el psicoanálisis provocara escándalo y contradicción cuando, retomando en parte estos tres
menospreciados hechos, contradijo todas las opiniones populares sobre la sexualidad. Sus principales resultados son
los siguientes:
a. La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas
exteriorizaciones.
b. Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de «sexual» y de «genital». El primero es el más
extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales.
c. La vida sexual incluye la función de la ganancia de placer a partir de zonas del cuerpo, función que es puesta con
posterioridad {nachträglich} al servicio de la reproducción. Es frecuente que ambas funciones no lleguen a
superponerse por completo.
El principal interés se dirige, desde luego, a la primera tesis, de todas la más inesperada. Se ha demostrado que, a
temprana edad, el niño da señales de una actividad corporal a la que sólo un antiguo prejuicio pudo rehusar el nombre
de sexual, y a la que se conectan fenómenos psíquicos que hallamos más tarde en la vida amorosa adulta; por
ejemplo, la fijación a determinados objetos, los celos, etc. Pero se comprueba, además, que estos fenómenos que
emergen en la primera infancia responden a un desarrollo acorde a ley, tienen un acrecentamiento regular,
alcanzando un punto culminante hacia el final del quinto año de vida, a lo que sigue un período de reposo. En el curso
de este se detiene el progreso, mucho es desaprendido e involuciona.
Trascurrido este período, llamado «de latencia», la vida sexual prosigue con la pubertad; podríamos decir: vuelve a
aflorar. Aquí tropezamos con el hecho de una acometida en dos tiempos de la vida sexual, desconocida fuera del ser
humano y que, evidentemente, es muy importante para la hominización (ver nota(175)). No es indiferente que los
eventos de esta época temprana de la sexualidad sean víctima, salvo unos restos, de la amnesia infantil. Nuestras
intuiciones sobre la etiología de las neurosis y nuestra técnica de terapia analítica se anudan a estas concepciones. El
estudio de los procesos de desarrollo de esa época temprana también ha brindado pruebas para otras tesis. El primer
órgano que aparece como zona erógena y propone al alma una exigencia libidinosa es, a partir del nacimiento, la
boca. Al comienzo, toda actividad anímica se acomoda de manera de procurar satisfacción a la necesidad de esta
zona. Desde luego, ella sirve en primer término a la autoconservación por vía del alimento, pero no es lícito confundir
fisiología con psicología.
Muy temprano, en el chupeteo en que el niño persevera obstinadamente se evidencia una necesidad de satisfacción
que -si bien tiene por punto de partida la recepción de alimento y es incitada por esta- aspira a una ganancia de placer
independiente de la nutrición, y que por eso puede y debe ser llamada sexual. Ya durante esta fase «oral» entran en
escena, con la aparición de los dientes, unos impulsos sádicos aislados. Ello ocurre en medida mucho más vasta en la
segunda fase, que llamamos «sádico-anal» porque aquí la satisfacción es buscada en la agresión y en la función
excretoria. Fundamos nuestro derecho a anotar bajo el rótulo de la libido las aspiraciones agresivas en la concepción
de que el sadismo es una mezcla pulsional de aspiraciones puramente libidinosas con otras destructivas puras, una
mezcla que desde entonces no se cancela más
La tercera fase es la llamada «fálica», que, por así decir como precursora, se asemeja ya en un todo a la plasmación
última de la vida sexual. Es digno de señalarse que no desempeñan un papel aquí los genitales de ambos sexos, sino
sólo el masculino (falo). Los genitales femeninos permanecen por largo tiempo ignorados; el niño, en su intento de
comprender los procesos sexuales, rinde tributo a la venerable teoría de la cloaca, que tiene su justificación genética
Con la fase fálica, y en el trascurso de ella, la sexualidad de la primera infancia alcanza su apogeo y se aproxima al
sepultamiento. Desde entonces, varoncito y niña tendrán destinos separados. Ambos empezaron por poner su
actividad intelectual al servicio de la investigación sexual, y ambos parten de la premisa de la presencia universal del
pene. Pero ahora los caminos de los sexos se divorcian. El varoncito entra en la fase edípica, inicia el quehacer
manual con el pene, junto a unas fantasías simultáneas sobre algún quehacer sexual de este pene en relación con la
madre, hasta que el efecto conjugado de una amenaza de castración y la visión de la falta de pene en la mujer le
hacen experimentar el máximo trauma de su vida, iniciador del período de latencia con todas sus consecuencias. La
niña, tras el infructuoso intento de emparejarse al varón, vivencia el discernimiento de su falta de pene o, mejor, de su
inferioridad clitorídea, con duraderas consecuencias para el desarrollo del carácter; y a menudo, a raíz de este primer
desengaño en la rivalidad, reacciona lisa y llanamente con un primer extrañamiento de la vida sexual.
Se caería en un malentendido si se creyera que estas tres fases se relevan unas a otras de manera neta; una viene a
agregarse a la otra, se superponen entre sí, coexisten juntas. En las fases tempranas, las diversas pulsiones parciales
parten con recíproca independencia a la consecución de placer; en la fase fálica se tienen los comienzos de una
organización que subordina las otras aspiraciones al primado de los genitales y significa el principio del ordenamiento
de la aspiración general de placer dentro de la función sexual. La organización plena sólo se alcanza en la pubertad,
en una cuarta fase, «genital». Así queda establecido un estado en que: 1) se conservan muchas investiduras
libidinales tempranas; 2) otras son acogidas dentro de la función sexual como unos actos preparatorios, de apoyo,
cuya satisfacción da por resultado el llamado «placer previo», y 3) otras aspiraciones son excluidas de la organización
y son por completo sofocadas (reprimidas) o bien experimentan una aplicación diversa dentro del yo, forman rasgos
de carácter, padecen sublimaciones con desplazamiento de meta. Este proceso no siempre se consuma de manera
impecable. Las inhibiciones en su desarrollo se presentan como las múltiples perturbaciones de la vida sexual. En
tales casos han preexistido fijaciones de la libido a estados de fases más tempranas, cuya aspiración, independiente
de la meta sexual normal, es designada perversión. Una inhibición así del desarrollo es, por ejemplo, la
homosexualidad cuando es manifiesta. El análisis demuestra que una ligazón de objeto homosexual preexistía en
todos los casos y, en la mayoría, se conservó latente. Las constelaciones se complican por el hecho de que, en
general, no es que los procesos requeridos para producir el desenlace normal se consumen o estén ausentes a secas,
sino que se consuman de manera parcial,de suerte que la plasmación final depende de estas relaciones cuantitativas.
En tal caso, se alcanza, sí, la organización genital, pero debilitada en los sectores de libido que no acompañaron ese
desarrollo y permanecieron fijados a objetos y metas pregenitales. Ese debilitamiento se muestra en la inclinación de
la libido a retroceder hasta las investiduras pregenitales anteriores (regresión) en caso de no satisfacción genital o de
dificultades objetivas.
Durante el estudio de las funciones sexuales pudimos obtener una primera y provisional convicción o, mejor dicho, una
vislumbre de dos íntelecciones que más tarde se revelarán importantes por todo este ámbito. La primera, que los
fenómenos normales y anormales que observamos (es decir, la fenomenología) demandan ser descritos desde el
punto de vista de la dinámica y la economía (en nuestro caso, la distribución cuantitativa de la libido); y la segunda,
que la etiología de las perturbaciones por nosotros estudiadas se halla en la historia de desarrollo, o sea, en la primera
infancia del individuo.
Cualidades psíquicas
Hemos descrito el edificio del aparato psíquico, las energías o fuerzas activas en su interior, y con relación a un
destacado ejemplo estudiamos el modo en que estas energías, principalmente la libido, se organizan en una función
fisiológica al servicio de la conservación de la especie. Pero nada de ello subrogaba el carácter enteramente peculiar
de lo psíquico, prescindiendo, desde luego, del hecho empírico de que ese aparato y esas energías están en la base
de las funciones que llamamos nuestra vida anímica. Ahora pasamos a lo que es característico y único de eso
psíquico, y aun, de acuerdo con una muy difundida opinión, coincide con lo psíquico por exclusión de lo otro.
El punto de partida para esta indagación lo da el hecho de la conciencia, hecho sin parangón, que desafía todo intento
de explicarlo y describirlo. Y, sin embargo, sí uno habla de conciencia, sabe de manera inmediata y por su experiencia
personal más genuina lo que se mienta con ello. Muchos, situados tanto dentro de la ciencia como fuera de ella, se
conforman con adoptar el supuesto de que la conciencia es, sólo ella, lo psíquico, y entonces en la psicología no resta
por hacer más que distinguir en el interior de la fenomenología psíquica entre percepciones, sentimientos, procesos
cognitivos y actos de voluntad. Ahora bien, hay general acuerdo en que estos procesos concientes no forman unas
series sin lagunas, cerradas en sí mismas, de suerte que no habría otro expediente que adoptar el supuesto de unos
procesos físicos o somáticos concomitantes de lo psíquico, a los que parece preciso atribuir una perfección mayor que
a las series psíquicas, pues algunos de ellos tienen procesos concientes paralelos y otros no. Esto sugiere de una
manera natural poner el acento, en psicología, sobre estos procesos somáticos, reconocer en ellos lo psíquico
genuino y buscar una apreciación diversa para los procesos concientes. Ahora bien, la mayoría de los filósofos, y
muchos otros aún, se revuelven contra esto y declaran que algo psíquico inconciente sería un contrasentido.
Sin embargo, tal es la argumentación que el psicoanálisis se ve obligado a adoptar, y este es su segundo supuesto
fundamental.Declara que esos procesos concomitantes presuntamente somáticos son lo psíquico genuino, y para
hacerlo prescinde al comienzo de la cualidad de la conciencia. Y no está solo en esto. Muchos pensadores, por
ejemplo Theodor Lipps(179), han formulado lo mismo con iguales palabras, y el universal descontento con la
concepción usual de lo psíquico ha traído por consecuencia que algún concepto de lo inconciente demandara, con
urgencia cada vez mayor, ser acogido en el pensar psicológico, sí bien lo consiguió de un modo tan impreciso e
inasible que no pudo cobrar influjo alguno sobre la ciencia. No obstante que en esta diferencia entre el psicoanálisis y
la filosofía pareciera tratarse sólo de un desdeñable problema de definición sobre si el nombre de «psíquico» ha de
darse a esto o a esto otro, en realidad ese paso ha cobrado una significatividad enorme. Mientras que la psicología de
la conciencia nunca salió de aquellas series lagunosas, que evidentemente dependen de otra cosa, la concepción
según la cual lo psíquico es en sí inconciente permite configurar la psicología como una ciencia natural entre las otras.
Los procesos de que se ocupa son en sí tan indiscernibles como los de otras ciencias, químicas o físicas, pero es
posible establecer las leyes a que obedecen, perseguir sus vínculos recíprocos y sus relaciones de dependencia sin
dejar lagunas por largos trechos -o sea, lo que se designa como entendimiento del ámbito de fenómenos naturales en
cuestión-. Para ello, no puede prescindir de nuevos supuestos ni de la creación de conceptos nuevos, pero a estos no
se los ha de menospreciar como testimonios de nuestra perplejidad, sino que ha de estimárselos como
enriquecimientos de la ciencia; poseen títulos para que se les otorgue, en calidad de aproximaciones, el mismo valor
que a las correspondientes construcciones intelectuales auxiliares de otras ciencias naturales, y esperan ser
modificados, rectificados y recibir una definición más fina mediante una experiencia acumulada y tamizada. Por tanto,
concuerda en un todo con nuestra expectativa que los conceptos fundamentales de la nueva ciencia, sus principios
(pulsión, energía nerviosa, entre otros), permanezcan durante largo tiempo tan imprecisos como los de las ciencias
más antiguas (fuerza, masa, atracción).
Todas las ciencias descansan en observaciones y experiencias mediadas por nuestro aparato psíquico; pero como
nuestra ciencia tiene por objeto a ese aparato mismo, cesa la analogía. Hacemos nuestras observaciones por medio
de ese mismo aparato de percepción, justamente con ayuda de las lagunas en el interior de lo psíquico, en la medida
en que completamos lo faltante a través de unas inferencias evidentes y lo traducimos a material conciente. De tal
suerte, establecemos, por así decir, una serie complementaria conciente de lo psíquico inconciente. Sobre el carácter
forzoso de estas inferencias reposa la certeza relativa de nuestra ciencia psíquica. Quien profundice en este trabajo
hallará que nuestra técnica resiste cualquier crítica.
En el curso de ese trabajo se nos imponen los distingos que designamos como cualidades psíquicas. En cuanto a lo
que llamamos «conciente», no hace falta que lo caractericemos; es lo mismo que la conciencia de los filósofos y de la
opinión popular. Todo lo otro psíquico es para nosotros lo «inconciente». Enseguida nos vemos llevados a suponer
dentro de eso inconciente una importante separación. Muchos procesos nos devienen con facilidad concientes, y si
luego no lo son más, pueden devenirlo de nuevo sin dificultad; como se suele decir, pueden ser reproducidos o
recordados. Esto nos avisa que la conciencia en general no es sino un estado en extremo pasajero. Lo que es
conciente, lo es sólo por un momento. Si nuestras percepciones no corroboran esto, no es más que una contradicción
aparente; se debe a que los estímulos de la percepción pueden durar un tiempo más largo, siendo así posible repetir
la percepción de ellos. Todo este estado de cosas se vuelve más nítido en torno de la percepción conciente de
nuestros procesos cognitivos, que por cierto también perduran, pero de igual modo pueden discurrir en un instante.
Entonces, preferimos llamar «susceptible de conciencia» o preconciente a todo lo inconciente que se comporta de esa
manera -o sea, que puede trocar con facilidad el estado inconciente por el estado conciente-. La experiencia nos ha
enseñado que difícilmente exista un proceso psíquico, por compleja que sea su naturaleza, que no pueda permanecer
en ocasiones preconciente aunque por regla general se adelante hasta la conciencia, como lo decimos en nuestra
terminología. Otros procesos psíquicos, otros contenidos, no tienen un acceso tan fácil al devenir-conciente, sino que
es preciso inferirlos de la manera descrita, colegirlos y traducirlos a expresión conciente. Para estos reservamos el
nombre de «lo inconciente genuino».
Así pues, hemos atribuido a los procesos psíquicos tres cualidades: ellos son concientes, preconcientes o
inconcientes. La separación entre las tres clases de contenidos que llevan esas cualidades no es absoluta ni
permanente. Lo que es preconciente deviene conciente, según vemos, sin nuestra colaboración; lo inconciente puede
ser hecho conciente en virtud de nuestro empeño, a raíz de lo cual es posible que tengamos a menudo la sensación
de haber vencido unas resistencias intensísimas. Cuando emprendemos este intento en otro individuo, no debemos
olvidar que el llenado conciente de sus lagunas perceptivas, la construcción que le proporcionamos, no significa
todavía que hayamos hecho conciente en él mismo el contenido inconciente en cuestión. Es que este contenido al
comienzo está presente en él en una fijación(181) doble: una vez, dentro de la reconstrucción conciente que ha
escuchado, y, además, en su estado inconciente originario. Luego, nuestro continuado empeño consigue las más de
las veces que eso inconciente le devenga conciente a él mismo, por obra de lo cual las dos fijaciones pasan a
coincidir. La medida de nuestro empeño, según la cual estimamos nosotros la resistencia al devenir-conciente, es de
magnitud variable en cada caso. Por ejemplo, lo que en el tratamiento analítico es el resultado de nuestro empeño
puede acontecer también de una manera espontánea, un contenido de ordinario inconciente puede mudarse en uno
preconciente y luego devenir conciente, como en vasta escala sucede en estados psicóticos. De esto inferimos que el
mantenimiento de ciertas resistencias internas es una condición de la normalidad. Un relajamiento así de las
resistencias, con el consecuente avance de un contenido inconciente, se produce de manera regular en el estado del
dormir, con lo cual queda establecida la condición para que se formen sueños. A la inversa, un contenido preconciente
puede ser temporariamente inaccesible, estar bloqueado por resistencias, como ocurre en el olvido pasajero
(escaparse algo de la memoria), o aun cierto pensamiento preconciente puede ser trasladado temporariamente al
estado inconciente, lo que parece ser la condición del chiste. Veremos que una mudanza hacia atrás como esta, de
contenidos (o procesos) preconcientes al estado inconciente, desempeña un gran papel en la causación de
perturbaciones neuróticas.
Expuesta así, con esa generalidad y simplificación, la doctrina de las tres cualidades de lo psíquico más parece una
fuente de interminables confusiones que un aporte al esclarecimiento. Pero no se olvide que en verdad no es una
teoría, sino una primera rendición de cuentas sobre los hechos de nuestras observaciones; ella se atiene con la mayor
cercanía posible a esos hechos, y no intenta explicarlos. Y acaso las complicaciones que pone en descubierto
permitan aprehender las particulares dificultades con que tiene que luchar nuestra investigación. Pero cabe conjeturar
que esta doctrina se nos hará más familiar cuando estudiemos los vínculos que se averiguan entre las cualidades
psíquicas y las provincias o instancias del aparato psíquico, por nosotros supuestas. Es cierto que tampoco estos
vínculos tienen nada de simples.
El devenir-conciente se anuda, sobre todo, a las percepciones que nuestros órganos sensoriales obtienen del mundo
exterior. Para el abordaje tópico, por tanto, es un fenómeno que sucede en el estrato cortical más exterior del yo. Es
cierto que también recibirnos noticias concientes del interior del cuerpo, los sentimientos, y aun ejercen estos un influjo
más imperioso sobre nuestra vida anímica que las percepciones externas; además, bajo ciertas circunstancias,
también los órganos de los sentidos brindan sentimientos, sensaciones de dolor, diversas de sus percepciones
específicas. Pero dado que estas sensaciones, como se las llama para distinguirlas de las percepciones concientes,
parten también de los órganos terminales, y a todos estos los concebimos como prolongación, como unos emisarios
del estrato cortical, podemos mantener la afirmación anterior. La única diferencia sería que para los órganos
terminales, en el caso de las sensaciones y sentimientos, el cuerpo mismo sustituiría al mundo exterior.
Unos procesos concientes en la periferia del yo, e inconciente todo lo otro en el interior del yo: ese sería el más simple
estado de cosas que deberíamos adoptar como supuesto. Acaso sea la relación que efectivamente exista entre los
animales; en el hombre se agrega una complicación en virtud de la cual también procesos interiores del yo pueden
adquirir la cualidad de la conciencia. Esto es obra de la función del lenguaje, que conecta con firmeza los contenidos
del yo con restos mnémicos de las percepciones visuales, pero, en particular, de las acústicas. A partir de ahí, la
periferia percipiente del estrato cortical puede ser excitada desde adentro en un radio mucho mayor, pueden devenir
concientes procesos internos, así como decursos de representación y procesos cognitivos, y es menester un
dispositivo particular que diferencie entre ambas posibilidades, el llamado examen de realidad: La equiparación
percepción = realidad objetiva (mundo exterior) se ha vuelto cuestionable. Errores que ahora se producen con
facilidad, y de manera regular en el sueño, reciben el nombre de alucinaciones.
El interior del yo, que abarca sobre todo los procesos cognitivos, tiene la cualidad de lo preconciente. Esta cualidad es
característica del yo, le corresponde sólo a él. Sin embargo, no sería correcto hacer de la conexión con los restos
mnémicos del lenguaje la condición del estado preconciente; antes bien, este es independiente de aquella, aunque la
presencia de esa conexión permite inferir con certeza la naturaleza preconciente del proceso. No obstante, el estado
preconciente, singularizado por una parte en virtud de su acceso a la conciencia y, por la otra, merced a su enlace con
los restos de lenguaje, es algo particular, cuya naturaleza estos dos caracteres no agotan. La prueba de ello es que
grandes sectores del yo, sobre todo del superyó -al cual no se le puede cuestionar el carácter de lo preconciente-, las
más de las veces permanecen inconcientes en el sentido fenomenológico. No sabemos por qué es preciso que sea
así. Más adelante intentaremos abordar el problema de averiguar la efectiva naturaleza de lo preconciente.
Lo inconciente es la cualidad que gobierna de manera exclusiva en el interior del ello. Ello e inconciente se copertenecen
de manera tan íntima como yo y preconciente, y aun la relación es en el primer caso más excluyente aún.
Una visión retrospectiva sobre la historia de desarrollo de la persona y su aparato psíquico nos permite comprobar un
sustantivo distingo en el interior del ello. Sin duda que en el origen todo era ello; el yo se ha desarrollado por el
continuado influjo del mundo exterior sobre el ello. Durante ese largo desarrollo, ciertos contenidos del ello se
mudaron al estado preconciente y así fueron recogidos en el yo. Otros permanecieron inmutados dentro del ello como
su núcleo, de difícil acceso. Pero en el curso de ese desarrollo, el yo joven y endeble devuelve hacia atrás, hacia el
estado inconciente, ciertos contenidos que ya había acogido, los abandona, y frente a muchas impresiones nuevas
que habría podido recoger se comporta de igual modo, de suerte que estas, rechazadas, sólo podrían dejar como
secuela una huella en el ello. A este último sector del ello lo llamamos, por miramiento a su génesis, lo reprimido
(esforzado al desalojo}. Importa poco que no siempre podamos distinguir de manera tajante entre estas dos categorías
en el interior del ello. Coinciden, aproximadamente, con la separación entre lo congénito originario y lo adquirido en el
curso del desarrollo yoico.
Ahora bien, si nos hemos decidido a la descomposición tópica del aparato psíquico en yo y ello, con la cual corre
paralelo el distingo de la cualidad de preconciente e inconciente, y hemos considerado esta cualidad sólo como un
indicio del distingo, no como su esencia, ¿en qué consiste la naturaleza genuina del estado que se denuncia en el
interior del ello por la cualidad de lo inconciente, y en el interior del yo por la de lo preconciente, y en qué consiste el
distingo entre ambos?
Pues bien; sobre eso nada sabemos, y desde el trasfondo de esta ignorancia, envuelto en profundas tinieblas,
nuestras escasas intelecciones se recortan harto mezquinas. Nos hemos aproximado aquí al secreto de lo psíquico,
en verdad todavía no revelado. Suponemos, según estamos habituados a hacerlo por otras ciencias naturales, que en
la vida anímica actúa unaclase de energía, pero nos falta cualquier asidero para acercarnos a su conocimiento por
analogía con otras formas de energía. Creemos discernir que la energía nerviosa o psíquica se presenta en dos
formas, una livianamente móvil y una más bien ligada; hablamos de investiduras y sobreinvestiduras de los
contenidos, y aun aventuramos la conjetura de que una «sobreinvestidura» establece una suerte de síntesis de
diversos procesos, en virtud de la cual la energía libre es traspuesta en energía ligada.
Si bien no hemos avanzado más allá de ese punto, sostenemos la opinión de que el distingo entre estado inconciente
y preconciente se sitúa en constelaciones dinámicas de esa índole, lo cual permitiría entender que uno de ellos pueda
ser trasportado al otro de manera espontánea o mediante nuestra colaboración.
Tras todas estas incertidumbres se asienta, empero, un hecho nuevo cuyo descubrimiento debemos a la investigación
psicoanalítica. Hemos averiguado que los procesos de lo inconciente o del ello obedecen a leyes diversas que los
producidos en el interior del yo preconciente. A esas leyes, en su totalidad, las llamamos proceso primario, por
oposición al proceso secundario que regula los decursos en lo preconciente, en el yo. De este modo, pues, el estudio
de las cualidades psíquicas no se habría revelado infecundo a la postre.
Un ejemplo:
La interpretación de los sueños
La indagación de estados normales, estables, en los que las fronteras del yo respecto del ello están aseguradas
mediante resistencias (contrainvestiduras), en los que esas fronteras no se han movido y el superyó no se distingue
del yo pues ambos trabajan de consuno, una indagación así, decimos, nos aportaría escaso esclarecimiento. Sólo
podrán hacernos adelantar los estados de conflicto y de sublevación, cuando el contenido del ello inconciente tiene
perspectivas de penetrar en la conciencia y el yo ha vuelto a ponerse en guardia contra su intrusión. Sólo bajo estas
condiciones podemos hacer las observaciones que confirmen o rectifiquen nuestras noticias sobre ambos
copartícipes. Ahora bien, un estado así es el dormir nocturno, y por eso mismo la actividad psíquica en el dormir, que
percibimos como sueño, es nuestro objeto de estudio más propicio. Además, de ese modo evitamos el reproche, oído
con tanta frecuencia, de que nosotros construiríamos la vida anímica normal siguiendo los hallazgos de la patología;
en efecto, el sueño es un suceso regular en la vida de los seres humanos normales, aun cuando sus caracteres se
puedan distinguir de las producciones de nuestra vida de vigilia. El sueño, como es de todos consabido, puede ser
confuso, ininteligible, sin sentido alguno; llegado el caso, sus indicaciones contradicen todo nuestro saber de la
realidad, y nos comportamos como unos enfermos mentales pues, mientras soñamos, atribuimos a los contenidos del
sueño una realidad objetiva.
Echamos a andar por el camino hacía el entendimiento («interpretación») del sueño si suponemos que aquello por
nosotros recordado como sueño tras el despertar no es el proceso onírico efectivo y real, sino sólo una fachada tras la
cual el sueño se oculta. Es nuestro distingo entre un contenido manifiesto del sueño y los pensamientos oníricos
latentes. Y llamamos trabajo del sueño al proceso que de los segundos hace surgir el primero. El estudio del trabajo
del sueño nos enseña, mediante un destacado ejemplo, cómo un material inconciente, un material originario y
reprimido, se impone al yo, deviene preconciente y en virtud de la revuelta del yo experimenta las alteraciones que
conocemos como desfiguración onírica. Ninguno de los caracteres del sueño deja de hallar esclarecimiento de esta
manera.
Lo mejor es empezar comprobando que hay dos clases de ocasiones para la formación del sueño. O bien una moción
pulsional de ordinario sofocada (un deseo inconciente) ha hallado mientras uno duerme la intensidad que le permite
hacerse valer en el interior del yo, o bien una aspiración que quedó pendiente de la vida de vigilia, una ilación de
pensamiento preconciente con todas las mociones conflictivas que de ella dependen, ha hallado en el dormir un
refuerzo por un elemento inconciente. Vale decir, sueños desde el ello o desde el yo. El mecanismo de la formación
del sueño es para ambos casos el mismo, y también la condición dinámica es idéntica. El yo prueba su tardía génesis
a partir del ello suspendiendo temporariamente sus funciones y permitiendo el regreso a un estado anterior. Esto
acontece de la manera correcta cuando interrumpe sus vínculos con el mundo exterior y retira sus investiduras de los
órganos de los sentidos. Uno puede decir, con derecho, que al nacer se ha engendrado una pulsión a regresar a la
vida intrauterina abandonada, una pulsión de dormir. El dormir es un regreso tal al seno materno. Como el yo de la
vigilia gobierna la motilidad, esta función está paralizada en el estado del dormir y, por eso, se vuelven superfluas
buena parte de las inhibiciones que pesaban sobre el ello inconciente. De esta manera, el recogimiento o rebajamiento
de esas «contrainvestiduras» permite al ello una medida de libertad que ahora es inocua.
Las pruebas de la participación del ello inconciente en la formación del sueño son abundantes y de fuerza
demostrativa. a) La memoria del sueño es mucho más amplia que la del estado de vigilia. El sueño trae recuerdos que
el soñante ha olvidado y le eran inasequibles en la vigilia. b) El sueño usa sin restricción alguna unos símbolos
lingüísticos cuyo significado el soñante la mayoría de las veces desconoce. Empero, mediante nuestra experiencia
podemos corroborar su sentido. Es probable que provengan de fases anteriores del desarrollo del lenguaje. c) La
memoria del sueño reproduce muy a menudo impresiones de la primera infancia del soñante, de las cuales podemos
aseverar de manera precisa que no sólo han sido olvidadas, sino que devinieron inconcientes por obra de la represión.
Sobre esto se basa la ayuda, indispensable las más de las veces, que el sueño presta para reconstruir la primera
infancia del soñante, cosa que nosotros intentamos en el tratamiento analítico de las neurosis. d) Además, el sueño
saca a la luz contenidos que no pueden provenir de la vida madura ni de la infancia olvidada del soñante. Nos vemos
obligados a considerarlos parte de la herencia arcaica que el niño trae congénita al mundo, antes de cualquier
experiencia propia, influido por el vivenciar de los antepasados. Y luego hallamos el pendant de ese material
filogenético en las sagas más antiguas de la humanidad y en las supervivencias de la costumbre. El sueño se erige
así, respecto de la prehistoria humana, en una fuente no despreciable.
Ahora bien, lo que vuelve al sueño tan inestimable para nuestra intelección es la circunstancia de que el material
inconciente trae consigo, cuando penetra en el yo, sus modalidades de trabajo. Esto quiere decir que los
pensamientos preconcientes en los cuales halló su expresión son tratados, en el curso del trabajo del sueño, como si
fueran sectores inconcientes del ello; y, en el otro caso de formación del sueño, los pensamientos preconcientes que
consiguieron un refuerzo de la moción pulsional inconciente son degradados al estado inconciente. Sólo por este
camino averiguamos las leyes del decurso en el interior de lo inconciente, y aquello que las distingue de las reglas, por
nosotros consabidas, del pensar de vigilia. El trabajo del sueño es, pues, en lo esencial, un caso de elaboración
inconciente de procesos de pensamiento preconcientes. Para tomar un símil de la historia: Los conquistadores que
penetran con violencia en un país no lo tratan según el derecho que ahí encuentran, sino de acuerdo con el suyo
propio. Sin embargo, el resultado del trabajo del sueño es inequívocamente un compromiso. En la desfiguración
impuesta al material inconciente y en los intentos, harto a menudo insuficientes, por dar al todo una forma todavía
aceptable para el yo (elaboración secundaria), se discierne el influjo de la organización yoica aún no paralizada. Es, en
nuestro símil, la expresión de la resistencia que signen ofreciendo los sometidos.
Las leyes del decurso en lo inconciente que de este modo salen a la luz son asaz raras y bastan para explicar la
mayor parte de lo que en el sueño nos parece ajeno. Hay, sobre todo, una llamativa tendencia a la condensación, una
inclinación a formar nuevas unidades con elementos que en el pensar de vigilia habríamos mantenido sin duda
separados. A consecuencia de ello, un único elemento del sueño manifiesto suele subrogar a todo un conjunto de
pensamientos oníricos latentes como si fuera una alusión común a estos, y, en general, la extensión del sueño
manifiesto está extraordinariamente abreviada por comparación al rico material del cual surgió. Otra propiedad del
trabajo del sueño, no del todo independiente de la primera, es la presteza para el desplazamiento de intensidades
psíquicas (investiduras) de un elemento sobre otro, de suerte que a menudo en el sueño manifiesto un elemento
aparece como el más nítido y, por ello, como el más importante, pese a que en los pensamientos oníricos era
accesorio; y a la inversa, elementos esenciales de los pensamientos oníricos son subrogados en el sueño manifiesto
sólo por unos indicios mínimos. Además, al trabajo del sueño le bastan, las más de las veces, unas relaciones de
comunidad harto ínfimas para sustituir un elemento por otro en todas las operaciones ulteriores. Bien se advierte
cuánto habrán de dificultar estos mecanismos de la condensación y el desplazamiento la interpretación del sueño y el
descubrimiento de los vínculos entre sueño manifiesto y pensamientos oníricos latentes. De la prueba de estas dos
tendencias a la condensación y el desplazamiento, nuestrateoría deduce que en el ello inconciente la energía se
encuentra en un estado de movilidad más libre, y que al ello le importa, más que nada, la posibilidad de la descarga
para cantidades de excitación (vere nota(183)); así, nuestra teoría emplea ambas propiedades para caracterizar el
proceso primario atribuido al ello. Por el estudio del trabajo del sueño hemos tomado noticia de muchas otras
particularidades, tan asombrosas como importantes, de los procesos que ocurren en el interior de lo inconciente.
Aquí hemos de mencionar sólo algunas. Las reglas decisorias de la lógica no tienen validez alguna en lo inconciente;
se puede decir que es el reino de la alógica. Aspiraciones de metas contrapuestas coexisten lado a lado en lo
inconciente sin mover a necesidad alguna de compensarlas. O bien no se influyen para nada entre si, o, si ello ocurre,
no se produce ninguna decisión, sino un compromiso que se vuelve disparatado por incluir juntos unos elementos
inconciliables. Con esto se relaciona que los opuestos no se separen, sino que sean tratados como idénticos, de
suerte que en el sueño manifiesto cada elemento puede significar también su contrario. Algunos lingüistas han
discernido que en las lenguas más antiguas sucedía lo mismo, y opuestos como fuerte-débil, claro-oscuro, altoprofundo
se expresaban originariamente por medio de una misma raíz, hasta que dos diversas modificaciones de la
palabra primordial separaron entre sí ambos significados. Restos del doble sentido originario se conservarían en una
lengua tan evolucionada como el latín, en el uso de «altus» («alto» y «profundo»), «sacer» («sagrado» e «impío»), etc.
En vista de la complicación y la multivocidad {Vieldeutigkeit; «indicación múltiple»} de los vínculos entre el sueño
manifiesto y el contenido latente, que tras aquel yace, es desde luego legítimo preguntar por el camino siguiendo el
cual se consigue derivar lo uno de lo otro, y si para esto sólo dependemos de la suerte que tengamos en colegirlo,
apoyándonos acaso en la traducción de los símbolos que aparecen en el sueño manifiesto. Se está autorizado a
informar lo siguiente: En la gran mayoría de los casos esa tarea admite solución satisfactoria, pero ello sólo con ayuda
de las asociaciones que el soñante mismo brinde para los elementos del contenido manifiesto. Cualquier otro
procedimiento será arbitrario y no proporcionará seguridad alguna. Pues bien, las asociaciones del soñante traen a la
luz los eslabones intermedios que insertamos en las lagunas entre ambos [el contenido manifiesto y el latente] y con
cuyo auxilio restablecemos el contenido latente del sueño, podemos «interpretar» el sueño. No es asombroso que en
ocasiones este trabajo de interpretación, contrapuesto al trabajo del sueño, no alcance la certeza plena.
Nos queda todavía por dar el esclarecimiento dinámico de la razón por la cual el yo durmiente asume la tarea del
trabajo del sueño. Por suerte, es fácil descubrirlo. Todo sueño en tren de formación eleva al yo, con el auxilio de lo
inconciente, una demanda de satisfacer una pulsión, si proviene del ello; de solucionar un conflicto, cancelar una
duda, establecer un designio, si proviene de un resto de actividad preconciente en la vida de vigilia. Ahora bien, el yo
durmiente está acomodado para retener con firmeza el deseo de dormir, siente esa demanda como unaperturbación y
procura eliminarla. Y el yo lo consigue mediante un acto de aparente condescendencia, contraponiendo a la demanda,
para cancelarla, un cumplimiento de deseo que es inofensivo bajo esas circunstancias. Esta sustitución de la demanda
por un cumplimiento de deseo constituye la operación esencial del trabajo del sueño. Quizá no huelgue ilustrar esto
con tres ejemplos simples: un sueño de hambre, uno de comodidad y uno de necesidad sexual. En el soñante,
dormido, se anuncia una necesidad de comer, sueña con un soberbio banquete y sigue durmiendo. Desde luego, tenía
la opción entre despertarse para comer o continuar su dormir. Se decidió por esto último y satisfizo su hambre
mediante el sueño. Al menos por un rato; si el hambre persiste, no tendrá más remedio que despertar.
El otro caso: el soñante (es médico y} debe despertar a fin de encontrarse en la clínica a cierta hora. Pero sigue
durmiendo y sueña que ya está ahí, es verdad que como paciente, y entonces no necesita abandonar su lecho. O bien
por la noche se mueve en él la añoranza de gozar de un objeto sexual prohibido, la esposa de un amigo. Sueña que
mantiene comercio sexual, no con esa persona, ciertamente, pero sí con otra que lleva igual nombre, por más que
esta le resulta indiferente. O su revuelta se exterioriza en permanecer la amada en total anonimato.
Desde luego que no todos los casos se presentan tan simples; en particular, en los sueños que parten de restos
diurnos no tramitados y no han hecho sino procurarse en el estado del dormir un refuerzo inconciente, suele no ser
fácil poner en descubierto la fuerza pulsional inconciente y su cumplimiento de deseo, pero es lícito suponer su
presencia en todos los casos. La tesis de que el sueño es un cumplimiento de deseo será recibida con incredulidad si
se recuerda cuántos sueños poseen un contenido directamente penoso o aun hacen que el soñante despierte presa
de angustia, para no hablar de los tantísimos sueños que carecen de un tono de sentimiento definido. Pero la objeción
del sueño de angustia no resiste al análisis. No se debe olvidar que el sueño es en todos los casos el resultado de un
conflicto, una suerte de formación de compromiso. Lo que para el ello inconciente es una satisfacción puede ser para
el yo, y por eso mismo, ocasión de angustia. Según ande el trabajo del sueño, unas veces lo inconciente se habrá
abierto paso mejor, y otras el yo se habrá defendido con más energía. Los sueños de angustia son casi siempre
aquellos cuyo contenido ha experimentado la desfiguración mínima. Si la demanda de lo inconciente se vuelve
demasiado grande, a punto tal que el yo durmiente ya no sea capaz de defenderse de ella con los medios de que
dispone, este resignará el deseo de dormir y regresará a la vida despierta. Se dará razón de todas las experiencias
diciendo que el sueño es siempre un intento de eliminar la perturbación del dormir por medio de un cumplimiento de
deseo; que es, por tanto, el guardián del dormir. Ese intento puede lograrse de manera más o menos perfecta;
también puede fracasar, y entonces el durmiente despierta, en apariencia por obra de ese mismo sueño. De igual
modo, el valiente guardián nocturno cuya misión es velar por el reposo de la pequeña ciudad no tiene más remedio, en
ciertas circunstancias, que armar alboroto y despertar a los ciudadanos que duermen.
Para concluir estas elucidaciones, asentemos la comunicación que justificará el habernos demorado tanto en el
problema de la interpretación de los sueños. Ha resultado que los mecanismos inconcientes que hemos discernido
merced al estudio del trabajo del sueño, y que nos explicaron la formación de este, permiten también inteligir las
enigmáticas formaciones de síntoma en virtud de las cuales las neurosis y psicosis reclaman nuestro interés. Una
coincidencia como esta no puede menos que despertar en nosotros grandes esperanzas.

jueves, 26 de agosto de 2010

miércoles, 18 de agosto de 2010

programa 2010

Programa de Psicología y cultura en la educación
Primer año.
Profesor Jorge Alonso


Expectativas de logro

Identificar la perspectiva conductista, adaptativa y mecanicista y sus consecuencias en una teoría del sujeto

Identificar las perspectivas constructivistas en la teoría del sujeto

Comparar los distintos enfoques de la epistemología genética, psicológico social y cognitivista y los aportes a una teoría del sujeto.

Reconocer la relación del sujeto con la sexualidad, el sentido y el poder.

Reconocer desde el enfoque culturalista las clasificaciones de sujeto.

Valorar la perspectiva del sujeto como organizador de la complejidad psicológica y cultural y orientador del quehacer educativo.

Contenidos

Unidad Nro. 1.
Relación entre el sujeto (singular) y la cultura (universal). 2. Adaptación mecánica. Conductismo. 3. Construcción y mediaciones mediadores, sujeto, mundo, sujeto e información. Constructivismo. 4. El sujeto y el malestar en la cultura. Psicoanálisis. 5. Cultura, interculturalidad y sujetos.

Unidad Nro. 2.
Los herederos de la psicología experimental. El aprendizaje. La conducta. El conductismo de John Watson. Condiciones sociales y científicas para su aparición. El sistema estímulo – respuesta. La cuestión de la adaptación. Los psicólogos del refuerzo. Burrhus Fred Skinner. Conductas respondientes y conductas operantes.

Unidad Nro. 3.
Los herederos de la psicología experimental segunda parte. De la realidad a la representación. La teoría de la Gestalt. Max Wertheimer y Wolfgang Koheler. Teoría de la forma. Conceptos. Isomorfismo. Principios y leyes.

Unidad Nro. 4.
El constructivismo. La psicología genética de Piaget. De la medición a la construcción de la inteligencia. Desarrollo cognitivo del sujeto. Estructuras lógicas. Complejidad creciente. Estadios del desarrollo cognitivo. Sensorio motor. Operacional concreto Subperiodo preoperatorio y subperiodo de las operaciones concretas. Operacional formal. La adaptación, asimilación y acomodación. Equilibración y ruptura, su dinámica en los estadios.

Unidad Nro. 5.
El giro hacia el cognitivismo. Críticas a Piaget. Sistema del procesamiento de la información. Memoria a corto plazo y memoria a largo plazo. Teoría del aprendizaje significativo de Ausubel. Organizadores previos, inclusores, estructuras cognitivas, aprendizaje significativo, puentes cognitivos, disonancia cognitiva, reconciliación integradora.

Unidad Nro. 6.
Vygotsky. El conocimiento como producto de la interacción social y la cultura. La internalización producto del uso de un determinado comportamiento cognitivo en un contexto social. Las zonas de desarrollo próximo. Nivel real de desarrollo y nivel potencial de desarrollo. Relación pensamiento y lenguaje.

Unidad Nro.7.
Saber y sexualidad. 1. Freud. 2. Aparato psíquico y tópicas freudianas: Primera tópica: Conciente, preconciente e inconciente; segunda tópica: Yo superyo y ello. 3. Teorías de la pulsión. Pulsiones sexuales y pulsiones del yo: Teoría de la libido; Narcisismo; Pulsión de vida y pulsión de muerte. 4: Transferencia y cura. Hacer conciente lo inconciente, donde era ello yo debe advenir

Unidad Nro.8.
1. La relación del saber y la verdad. 2. Teoría del sujeto en Lacan. El sujeto en los desfiladeros de los significantes. El sujeto al costado de la verdad.

Unidad Nro. 9.
Las relaciones del sujeto con la verdad en Foucault.. 1. La relación sujeto y el poder. 2. Distintas funciones sujeto: 2.1. Poder de soberanía. Cuerpo e insignias. 2.2. Poder Psi. Poder disciplinar. El panóptico. Cuerpo y disciplina. 2. El sujeto y la verdad.
Descalificación moderna de la inquietud de sí en beneficio del autoconocimiento. El “conócete a ti mismo” y la “inquietud de sí”

Unidad Nro. 10.
Cultura y subjetividad. Cultura. Interculturalidad. Diferentes, desiguales y desconectados. Sujeto simulados, deconstrucción moderna. Sujetos interculturales. Sujetos periféricos.

Bibliografía

Unidad Nro.1
Juan García Madruga y Segio Moreno Rios. Conceptos fundamentales de psicología. Conducta, conductismo, condicionamiento, constructivismo, cognición, contexto, memoria y mente. Alianza. Madrid. 1998
Piaget Jean Seis estudios de psicología. Génesis y estructura en psicología de la inteligencia. Seix barral. Un décima edición Barcelona 1981.
Sigmund Freud, Analisis terminable e interminable
Foucault Los anormales.
Gaufey El notodo de Lacan. Consistencia lógica, consecuencias clínicas. Particular máxima y particular mínima. Pág. 95. 1° edición el cuenco de plata 2007 Buenos Aires.

Unidad Nro.2
Alumnos
Huxley, Aldous. Un mundo feliz. Capítulo II. Porrúa. Méjico. Página 10 a 15.
García Madruga, Juan y Moreno Ríos, Sergio. Conceptos fundamentales de Psicología. Editorial Alianza. Madrid. 1998. Página 30, 31 y 32. Condicionamiento, conducta y conductismo.
Apoyo
Freiría, Jorge. Psicología contemporánea. UBA CBC Oficina de Publicaciones. 1996. Las psicologías conductistas. Páginas 247 a 299
Comas, José Luis, Discursos Psicológicos contemporáneos. Editorial Fundación Ross. Rosario. 1995. El aprendizaje o la instancia de la cosa. Páginas 225 a 254.
Leland, C. Swenson. Teorías del aprendizaje. Psicologías del siglo XX. Paidós.
Garret H. Las grandes realizaciones en la psicología experimental. FCE. México 1979. Sexta reimpresión.
Heidbreder, E. Psicologías del siglo XX. Paidós Buenos Aires 1960.


Unidad Nro.3
Alumnos
García Madruga, Juan y Moreno Ríos, Sergio. Conceptos fundamentales de Psicología. Editorial Alianza. Madrid. 1998. Página 36, 55, 99 y 122. Conceptos: conciencia, gestalt y solución de problemas, percepción.
Apoyo
Freiría, Jorge. Psicología contemporánea. UBA CBC Oficina de Publicaciones. 1996. La Psicología de la forma. Páginas 201 a 243
Comas, José Luis, Discursos Psicológicos contemporáneos. Editorial Fundación Ross. Rosario. 1995. Un estructuralismo sin falta. La Gestalt. Páginas 268 a 273.

Unidad Nro.4
Alumnos
Carretero Mario. Constructivismo y Educación. Aique. Buenos Aires. 1993
García Madruga, Juan y Moreno Ríos, Sergio. Conceptos fundamentales de Psicología. Editorial Alianza. Madrid. 1998. Página 9 16 34 36 41-44 48 49 61-64 acomodación asimilación conocimiento constructivismo desarrollo esquema estadio inteligencia
Apoyo
Piaget. Seis estudios. Seix Barral. Barcelona 1981.
Aebli H. Hacia una pedagogía basada en la Psicología de Jean Piaget. Ed. Kapeluz
Freiría, Jorge. Psicología contemporánea. UBA CBC Oficina de Publicaciones. 1996.
Comas, José Luis, Discursos Psicológicos contemporáneos. Editorial Fundación Ross. Rosario. 1995

Unidad Nro.5
Alumnos

García Madruga, Juan y Moreno Ríos, Sergio. Conceptos fundamentales de Psicología. Editorial Alianza. Madrid. 1998. Página 22,23, 78-81 memoria cognición ciencia cognitiva.
Apoyo
Ausubel, Joseph Novak y Helen Hanesian. Psicología evolutiva. Un punto de vista cognitivo. Capítulo 1.
Introducción a la psicología cognitiva. Aique 2001. Segunda edición. Buenos Aires. Modelo de procesamiento de la información. Página 134.
Novak Joseph. Teoría de la Educación. Capítulo 3. El papel fundamental de la teoría del aprendizaje en una teoría de la educación. Página 62 a 92.
Novak Joseph. Teoría de la Educación. Capítulo 4. Problemas psicológicos esenciales para una teoría de la educación. Página 91 a 120.
Freiría, Jorge. Psicología contemporánea. UBA CBC Oficina de Publicaciones. 1996. El retorno de la mente. La psicología cognitiva. Página 399 a 476.
Comas, José Luis, Discursos Psicológicos contemporáneos. Editorial Fundación Ross. Rosario. 1995

Unidad Nro.6
Alumnos
García Madruga, Juan y Moreno Ríos, Sergio. Conceptos fundamentales de Psicología. Editorial Alianza. Madrid. 1998. Página 74 a 77. Pensamiento y lenguaje

Brumer Jerome, Realidad mental y mundos posibles. Gedisa. Punto V. La inspiración de Vygotsky.

Unidad Nro.7
Alumnos
Sigmund Freud. Obras Completas.
Interpretación de los sueños. Capítulo VII
Esquema de psicoanálisis. Capítulo I a V
Apoyo
Freud. Psicoanálisis. OC Amorrortu. Tomo XX. Página 251 a 258
Freud.Lo inconciente OC Amorrortu. Tomo XIV. Página 153 a 214
Freud. El malestar en la cultura OC Amorrortu. Selección de textos
Freud. Inhibición, Síntoma y angustia. OC Amorrortu. Tomo XX. Selección de textos
Freud S. O.C. Amorrortu.
Freiría, Jorge. Psicología contemporánea. UBA CBC Oficina de Publicaciones. 1996.
Comas, José Luis, Discursos Psicológicos contemporáneos. Editorial Fundación Ross. Rosario. 1995
Bersani, Leo. Psicoanálisis teoría queer y Almodovar. Revista de psicoanálisis opacidades, La falla sexual Nro. Buenos Aires 2006.
Roudinesco Elisabeth. ¿Por qué el psicoanálisis? Paidós, 2000 Buenos Aires.


U8
Le Gauffey. La paradoja del sujeto. discursoanalítico@blogspot.com/ f artículos
Apoyo.
Lacan. Escritos. La significación del falo. Página 665 Tomo 2. Siglo XXI Décimo cuarta edición. 1985 Buenos Aires.

U9
Foucault. La hermenéutica del sujeto. Clase del 6 de enero de 1982. Fce. Primera reimpresión Buenos Aires. 2006

Foucault Michel, Poder psiquiátrico. Traducción Horacio Pons. Clases del 14 y 21 de noviembre de 1973. Fondo de Cultura Económica, 2008, Buenos Aires.
Apoyo
Foucault Michel, Los anormales. Fce Clase del 15 enero de 1975. Quinta reimpresión 2008 Buenos Aires
Allouch. Es el psicoanálisis un ejercicio espiritual.

U.10
García Canclini, Néstor
Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad. Gedisa. Buenos Aires, 2007. Original Barcelona 2004. Capítulos uno, dos y siete. Página 29 a 79 y 147 a 165.

Presupuesto de tiempo:

Primer cuatrimestre: Unidades 1 a 6.
Parcial (julio).
Segundo cuatrimestre: Unidades 7 a 10
Parcial y recuperatorio (noviembre).

Evaluación

Se ajustará a los criterios del Plan de Evaluación institucional
Se tendrá en cuenta: la comprensión de las problemáticas en cada unidad, la comparación entre los distintos planteos, la valoración de la teoría, la pertinencia de los planteos, la adecuación con la práctica de los conceptos teóricos, la integración de los contenidos, la comunicación en el ámbito de la cátedra.
La evaluación de los alumnos, en proceso, a través de la dinámica de las clases, atendiendo a la participación en los problemas planteados, la discusión, la resolución de los temas.
La evaluación de los alumnos, en el resultado, en dos parciales, teórico prácticos, individuales, en julio y noviembre. Se realizará de acuerdo a la normativa recuperatorio.
En el examen final se indagará en los alumnos el alcance de los logros esperados y el grado de apropiación de los contenidos explicitados en este proyecto.




Para la promoción de la materia deberá aprobar cuatro prácticos y los parciales con siete. Asistencia del 80 %.
La aprobación con examen requiere una asistencia mínima del 60%.